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Belleza en pétalos

Belleza en pétalos

La belleza puede esconderse en cualquier rincón. Cristina Torrecilla, diseñadora de joyas, la ha encontrado en los pétalos de las flores que aparecen en cuadros de Brueghel, Hiepes, Hamen y León y Juan de Arellano, todos ellos expuestos en el Museo del Prado.

 

(Juan de Arellano)

Enmarcada en los actos del Bicentenario del museo, esta colección de piezas únicas quiere celebrar la belleza natural, y lo hace con un proceso manual y extremadamente cuidado, pilotado con mimo por Torrecilla con la colaboración de Juan Carlos Quijano y Carlos Merino, artesanos y maestros del arte del metal y la fundición. “La experiencia técnica y la mirada de Juan Carlos mejoran mis ideas”, comenta la diseñadora, que trabajó durante 10 años para Sybilla y actualmente investiga nuevos materiales sostenibles (en concreto, ahora mismo, posos de café y resina) para sus propias creaciones.

Al recibir el encargo de diseñar piezas inspiradas en las flores del museo, “desde el principio me vino y permaneció en mi cabeza la idea de trabajar con los pétalos y su vida: el capullo, la flor y la caída…”, nos cuenta Cristina. Pero la idea hay que materializarla, y en ello es esencial la elección de la materia prima. La diseñadora tuvo muy claro desde el inicio que serían piezas en bronce con un alto porcentaje en cobre, lo que “da un color rojizo, y nos permite también fundir con mayor detalle”. El proceso creativo culmina en la elección del acabado, que en esta ocasión se realiza con la “grata”, un cepillo con púas de metal que matiza el brillo, a la vez que le da un aspecto irregular.

Para que cada una de estas piezas llegue a tus manos hay un proceso cuidado y lento, pasos realizados con dedicación y cariño que se perciben nada más tocar cualquiera de ellas. Al trabajo de investigación e inspiración, paseando por las salas del Museo del Prado y hojeando libros, le sigue el dibujo, momento en que la idea abstracta pasa a tomar su primera forma.

Una vez que Cristina tiene los diseños entra en acción Juan Carlos Quijano, que en un su taller artesanal de Marqués de Vadillo transforma las ideas de Torrecilla en prototipos de metal o fibra sobre los que trabajar. Con ellos se crearán moldes de caucho, uno por pieza, sobre los que inyectar cera líquida.

Tras unir las diferentes piezas de cera en un “árbol”, este se cubre con un material parecido a la escayola, para lograr así un molde cilíndrico. Este molde será el que se introduzca en el horno a 800 grados hasta que la cera se licúe y desaparezca, dejándonos el negativo o hueco del árbol.

Para realizar este trabajo de fundición, Quijano sólo tiene que recorrer unas pocas calles: las que separan su taller del de Carlos Merino, que se encarga de fundir el bronce y el cobre, en una suerte de alquimia tan exacta como sorprendente para el neófito. Es el turno entonces de pasar a la centrífuga, una particular máquina en la que, tras fundir el metal, se coloca la escayola.

Gira entonces la centrífuga durante unos segundos a alta velocidad, de modo que el metal líquido rellene los huecos que nos ha dejado la cera. Basta ya sólo sumergir la escayola y, en pocos segundos, tendremos el árbol con las piezas de metal en la mano, que posteriormente habrá que cortar, repasar, pulir y montar. Un trabajo de equipo cargado de paciencia, sabiduría y cariño.

 

“Es imposible estar a la altura de las pinturas en las que me inspiro… No es lo que pretendo, pero simplemente con que alguien llegase a sentir que lleva un trocito del museo, sentiría que todo este trabajo tiene sentido”, nos confiesa Torrecilla ya con sus delicadas joyas en la mano. La misma Torrecilla que recuerda una tarde en el museo cuando, hace tiempo, tuvo la oportunidad de visitar las salas casi vacías, y acabó llorando frente al Saturno de Francisco de Goya.

 

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